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El Pazo de Lourizán : El uso de la segunda persona

Mi #primeranovela, El Pazo de Lourizán, ya está aquí. Puede parecer sencillo poner este hashtag, pero a mí me ha costado casi tres años publicarla. Empecé a escribirla un día después de fallecer mi padre, el 10 de abril de 2019, pero llevaba madurándola toda mi vida. Si no salió antes es porque no tenía que salir. Buscaba con ahínco el personaje que la pudiera contar.

Ninguno me parecía lo suficientemente creíble para ejercer de narrador, hasta que, tras su fallecimiento, como si fuera él quien por las noches me lo susurrara como hacía cuando me contaba el cuento de «Zurrón, canta, si no cantas, te daré con la palanca», empecé a escuchar una voz interior que me pareció el mejor punto de vista para narrarla. Esa voz me decía: “No lo olvides, no te vaya a pasar algo y entonces esta historia no se sepa…” y producto de esa voz que era mi conciencia surgió el punto de vista y la voz narrativa de la primera parte de #ElPazodeLourizán. Ahí fue cuando conseguí sacar unas líneas y tirando de ese hilo cerré el primer borrador dos meses después de comenzar.

¿Por qué muchas #reseñas confunden la segunda con la tercera persona? No lo sé. Cuando escribes en segunda persona el sujeto es TU, no EL, ELLA o ELLOS y el verbo conjuga con el sujeto. Ejemplo: “Tú siempre la esperabas impaciente. Intuías su presencia incluso en el descansillo de la puerta”.

De esa manera, inicié la historia de El Pazo de Lourizán en segunda persona. Es cierto que escritores de renombre advierten que la segunda persona narrativa es la más rara de encontrar, la que más cuesta leer, porque, de alguna manera, suele ser más apelativa, pero como autora necesitaba separarme de la trama y por eso la utilicé. Me vino bien, interpelar, alejarme de los personajes que iba describiendo, descubrirlos en la distancia, intentando utilizarlos con la objetividad que suele perseguir un periodista (aunque casi nunca se consiga).

El Palacio

Os animo a visitar a todos Lourizán, al lado de #Pontevedra y #Marín y ver el esplendoroso #Pemberley español que tanto le habría gustado a #JaneAusten para situar allí a Mr. Darcy y Lizzy Bennet. El palacio del fondo de la portada, que alberga la primera escuela de #Forestales de #España y cuenta con algunas de las especies vegetales más raras del mundo, es una maravilla. Debo decir que me encanta el vestido de la mujer, su delicadeza y elegancia, y ese detalle de la carta con los ribetes azules y rojos que anuncian algo por descubrir: los enigmas de #ElPazodeLourizán, porque de eso va esta novela: de lo que se calla y no se cuenta, de lo que se oculta.

La Promesa

El 11 de mayo de 2022 se publicó El Pazo de Lourizán y espero que os guste su lectura, tanto como a mí me apasionó escribirla. Es una historia sencilla, sin grandes pretensiones, pero es un cuento que me fue narrado oralmente hace mucho tiempo y que pensé que podía ser agradable de oír o leer. Al menos, a mí, me encantó escucharlo de una voz dulce y tierna, con acento #gallego. Es también una promesa. Por eso la dedicatoria de esta primera novela va para quien me lo contó. Así comienza este libro:

A Amparo, por contarlo;

A mis padres, Fina y Gisleno, por ocultarlo;

A Ave y mi hermana Inma, por alentarlo.

Así comienza la dedicatoria y primera página de este libro.

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#Críticaliteraria: Narración borrascosa y cumbre de la novela

La única novela de la joven e ilustre escritora, Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, alberga una de las estructuras y puntos de vista más complejos de la historia de la literatura de la que me siento totalmente en deuda. Está narrada utilizando diversas personas narrativas, principalmente, primera y tercera persona y varios puntos de vista: por un lado, el visitante que desconoce toda la historia que esconde el paraje de las cumbres y, por otro, la doncella que ha vivido de cerca toda la trama y se la cuenta a éste.

A mi modo de ver el punto de vista es lo más importante de una novela, más que los recursos estilísticos, personajes e incluso que la propia historia, porque si el lector no se cree a quien narra los hechos, ninguno de los rasgos anteriores van a ser determinantes. Por eso es crucial saber antes de escribir o leer tener claro de poder responder a estas preguntas: ¿Quién la cuenta? ¿Por qué? ¿Es creíble que el narrador sepa todo de los perfiles y las historias que describe o por el contrario, la hace irreal y poco sincera? Para responder a estas preguntas he analizado una de mis obras preferidas y mejor conocidas por el público en general, Cumbres Borrascosas que para mí es un ejemplo de consistencia.

Esta enigmática novela me resulta tan singular por múltiples razones: su estructura, cronología, temas, personajes pero, sobre todo, por sus narradores. La obra toma de inspiración dos hechos reales acaecidos a finales del siglo XVIII muy cercanos a la escritora, por un lado, la historia de su abuelo paterno e irlandés, Hugh Brunty y, por otra, la de Jack Sharp, propietario de la escuela donde ella va a enseñar entre septiembre de 1838 y marzo de 1839 con su hermana mayor, Charlotte Brontë.  

Inspirada en su familia

Emily Brontë se inspira en su familia para mezclar ambas vidas y otorgar a su novela y protagonistas rasgos de realidad. Por su padre conocía, que el abuelo Brunty había vivido una historia sorprendente cuando era pequeño. Habiendo sido adoptado, sin su conocimiento, por un extraño hombre denominado El Galés, pasó toda su infancia creyendo que éste era su verdadero padre. Por su parte, El Galés había sido acogido por los Brunty años atrás tras encontrarle dentro de la embarcación que llevaba ganado entre Drogheda (Irlanda) y Liverpool (Gran Bretaña). En uno de esos viajes, el patriarca de los Brunty fallece sin que nadie encuentre al niño ni hallen un centavo de aquella transacción comercial.

Al cabo del tiempo, aquel muchacho fugado se convierte en El Galés, un hombre bien vestido que aparece ante los herederos de los Brunty para llegar a tratos con estos. Tras poseer a Mary, la hija menor de su padrastro, decide llevarse a uno de los nietos, Hugh Brunty, a cambio de educarle y mantener el secreto de su verdadera procedencia. Cuando el abuelo de Emily descubre su origen real se fuga de la casa y regresa al que dicen es su hogar. Allí explica a sus verdaderos padres las penalidades vividas con El Galés, alter ego de Heathcliff, el principal personaje de Cumbres Borrascosas.

A esta experiencia, la escritora sumará otra historia vivida de cerca, la leyenda que ronda la Escuela Law Hill, donde es contratada como maestra. Allí descubre que la vida de su propietario, Jack Sharp, también esconde un legado parecido al de su abuelo. Sobrino de John Walker será adoptado como hijo, algo que enfadará a su hermanastro y heredero quien le despojara de la hacienda tras morir John Walkeren 1771. Será entonces cuando Sharp destruya todos los recuerdos de familia, persuadiendo a sus descendientes a entrar en el mundo ruinoso del juego, quebrando su patrimonio y construyendo Law Hill al lado de la mansión de Walker. De la misma manera que su personaje principal, Heathcliff, hará con su hermanastro.

Con estos dos temas de partida, Emily Brontë reescribirá ambas historias para crear Cumbres Borrascosas, no sin antes resolver el gran dilema del narrador: ¿Quién contará la novela? ¿Cuál debe ser el punto de vista del relato? ¿Cómo conseguir dar credibilidad? Ella sabe que, por un lado, deberá tratarse de un personaje lo suficientemente ajeno a Cumbres Borrascosas como para extrañarse y sorprenderse de la soledad del páramo, su paisaje y sus hoscos habitantes y así poder describirlo ensalzando la atmósfera de frío y misterio que rodea al escenario, por eso descarta a sus protagonistas principales: ni Heathcliff ni Catherine pueden contarlo. Pero por otro, el narrador tendrá que ser lo suficientemente cercano para incluso desvelar conversaciones íntimas que han sido oídas, reveladas o mantenidas en absoluta confidencialidad.

Narradores fiables

¿Cómo lo resuelve? La solución a este nudo literario resulta ciertamente complicada y mucho más aún para una joven, Emily Brontë (1818-1848), que termina su obra cuando apenas cuenta con 27 años. Su elaboración parece cifrarse temporalmente mucho antes, a la edad de 21, teniendo en cuenta que no será hasta el verano de 1946 cuando empieza a circular por las manos de los editores y no se publicará hasta julio de 1847 por Thomas Cautley Newby (The Oxford Companion to The Brontë, Christine Alexander and Margaret Smith, 95, Ed. Oxford University Press).

Para resolverlo, la joven Emily utiliza dos narradores: uno el señor Lockwood, quien a la vez inicia y termina la novela en primera persona; y el segundo y más importante la ama de llaves, Ellen (Nelly) Dean, que contará este relato a modo de trovador, similar a Los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, intercalando en la historia diálogos entre ella y el señor Lockwood, así como sus propias impresiones en primera persona, relatando casi toda la historia de los Earnshaw-Heathcliff-Linton en tercera persona. Pero la pregunta sigue vigente; ¿Convencen? Y la respuesta de nuevo, en mi opinión, es que sí. Lo veremos mas adelante.

Lugares enigmáticos

La historia, de todos es sabido, comienza cuando el personaje del señor Lockwood decide alquilar en 1801 La Granja de los Tordos a su propietario, el señor Heathcliff, morador de Cumbres Borrascosas. Para ello acude a su casa, que describe como una “residencia con una ventilación pura y salutífera” y donde “no hay más que ver la fuerza del viento del norte que sopla sobre la loma”. El paisaje cobrando vida como un personaje más que habla y cuenta.

Y allí es donde lee una inscripción en la fachada, de un apellido que no se parece en nada al de su casero: 1500. Hareton Earnshaw Al día siguiente, el inquilino Lockwood, volverá a Cumbres Borrascosas pero una gran nevada le impedirá volver a La Granja de los Tordos viéndose obligado a pasar allí la noche, donde protagonizará un fenómeno fantasmagórico.

Durante el duermevela despierta por el ruido producido por una rama al chocar contra el cristal y al abrir la ventana para cortarla, le agarra “una manita helada que le pide entrar. Al preguntarle su identidad, aquel ser responde que es el alma de Catherine Linton, quien lleva veinte años vagando, desde 1781. Intrigado por saber la identidad de aquella niña fantasmal que responde al nombre deCatherine Linton le cuenta a la ama de llaves de Catherine ese extraño suceso o sueño. Así terminará los tres primeros capítulos de la novela, narrados en primera persona.

A partir de la mitad del cuarto capítulo, el narrador Lockwood cederá el testigo a Ellen (Nelly) Dean, la ama de llaves, quien responderá a su curiosidad contándole la verdadera historia del lugar y de la familia. Ya en tercera persona, pero siempre con alusiones al momento en el que están narrando o escuchando la historia, Nelly Dean irá describiendo todo lo que ocurrió en Cumbres Borrascosas.

Personas narrativas

Como primer narrador e introductor de la trama, el señor Lockwood asume la figura ajena a ese mundo que necesita Emily Brontë para describir el páramo y construir el sentido enigmático de la novela que de otro modo no lo podría haber logrado mientras que la señora Dean, Nelly, consigue acercar al lector esa proximidad tan íntima. Pero puede una doncella contar algo con esa pulcritud, esa excelencia de palabra? Y la respuesta sigue siendo sí, por varios motivos, que Emily Brontë consiguió explicar en su magistral novela gracias a varias aclaraciones.

En primer lugar, en su novela, la autora aclara que la doncella es una mujer leída. A pesar de no ser instruida, ha leído toda la biblioteca. Además, ha vivido toda la historia en primera persona siendo en múltiples ocasiones confidente de los protagonistas; y por último, conserva pruebas, como la carta de la señorita Linton que envía pidiendo a su hermano volver a La Granja de los Tordos, residencia donde vivieron Edgar Linton con su esposa Catherine.

Teniendo en cuenta que una ama de llaves a mitad del siglo XIX no solía ser demasiado instruida, la propia autora, Emily Brontë, despeja esa extrañeza al aclarar en propias palabras del personaje su gusto por la lectura: “He leído más de lo que usted podría imaginar, señor Lockwood. No podría abrir usted un libro de esta biblioteca que yo no haya mirado y del que no haya aprendido algo. Claro está, salvo los de ese estante de libros en griego y en latín, o los de ese otro que están en francés”.

También por su relación con la familia Earnshaw desde su más tierna infancia: “Mi madre había criado al señor Hindley Earnshaw, que era el padre de Hareton, y yo me había acostumbrado a jugar con los niños…” y por ser la confidente de todos los protagonistas de la novela, Catherine, Heathcliff, Edgar e Isabella Linton.

De hecho, será a ella a quien Catherine le confiese su gran pasión por Heathcliff: “Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques. El tiempo lo cambiará, bien lo sé, como el invierno cambia los árboles. Mi amor por Heathcliff es como la roca viva eterna sobre la que se levanta todo. No produce gran deleite, pero es necesaria. ¡Yo soy Heathcliff, Nelly! ¡Está siempre en mi mente, siempre! No como un deleite, como yo tampoco me deleito en mí misma siempre, sino como mi propio ser. De manera que no vuelvas a hablar de nuestra separación: es irrealizable”.

Será, por tanto, la narración de Ellen Dean la que otorgue el prisma de realismo en el espectral mundo de Cumbres Borrascosas, donde da la impresión de que los muertos viven y los vivos yacen muertos. El comportamiento de la ama de llaves se convierte, pues, en moralizante y ejemplarizante dentro de la puritana época Victoriana. Nelly Dean será quien le contará al señor Lockwood en su regreso a La Granja de los Tordos el final de la novela pero será él quien la termine en primera persona, tras su visita al cementerio: “Busqué las tres lápidas en la ladera contigua al páramo y no tardé en encontrarlas”.

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#Reseña: La verdad de Jöel Dicker

“Un buen libro, Marcus, es un libro que uno se arrepiente de terminar” Jöel Dicker (La verdad sobre el caso de Harry Quebert)

Y yo diría aún más: un buen libro es también áquel que un lector se arrepiente de finalizarlo deprisa, pese a ser consciente de haber ido devorando cada una sus páginas sin piedad, sin pausa, sin tregua hasta el punto de darse cuenta que tras la última línea le gustaría releerlo y empezar de nuevo quizás con menos ímpetu, más lentamente.

Ahora que he terminado la primera novela publicada de Jöel Dicker (antes escribió otras esos que nadie quiso editar), La verdad sobre el caso de Harry Quebert pienso que me hubiera gustado ir algo más despacio. Sin querer descubrir tan pronto los enigmas ni desear llegar tanto al final, sino más bien avanzar degustando cada pincelada de los personajes, cada descubrimiento. Pero, en fin, el autor quiso que fuera así. Dicker fue quien le imprimió un ritmo trepidante, una vuelta de tuerca cada vez más retorcida que hace que el lector se quedé hipnotizado en sus hojas.

La fórmula magistral de Joel Dicker

Destaco, sobre todo, su estructura más que la trama. El asunto es manido: un asesinato. Una joven que desaparece y al cabo de los años hallan su cadáver inesperadamente, sin embargo la fórmula técnica que utiliza Dicker para plantear los posibles sospechosos y hallar al culpable definitivo es digna de matrícula de honor.

Un libro ambicioso y complejo que se lee como el cuento de “La Caperucita” y eso es siempre síntoma de magistralidad. Alternando las personas narrativas y el punto de vista, Dicker consigue gracias a los saltos temporales, atrapar al lector para que nunca deje de leer. Lo mismo le da da usar al narrador omnisciente para la tercera persona, como la primera persona enfocada bajo el prisma de Marcus o de su profesor Harry Quebert o de cualquier otro personaje, para situarlo en el presente o en el pasado.

Consejos literarios de Dicker

Todos esos cambios solo lo puede hacer un gran escritor. Enhorabuena.♥️ ¡Qué gran inversion de tiempo! Y si a eso, se suman los valiosísimos consejos literarios que ofrece entre líneas para que los novatos en estas lindes vayamos aprendiendo, ya ni os cuento…

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#Reseña: Recuerdos de la Barcelona de Laforet

El comienzo de Nada de Carmen Laforet me recuerda a una etapa de mi pasado. A esa llegada a la ciudad condal en medio del frío y la oscuridad de un final de enero, sola y sin nadie que acudiera a mi encuentro. «Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie», así empieza la novela de Laforet y así también mi nueva vida en la capital catalana.  

Sesenta y un años antes de sentir yo misma ésa sensación, la excelente Carmen Laforet (Barcelona, 1921-2004) ganaba la primera edición del Nadal con esa maravillosa apertura. Tenía sólo 23 años frente a mis 37. La autora había conseguido retratar de manera sencilla y acertada a todos los que emprendíamos una nueva etapa allí, con la imagen premonitoria de nuestra futura soledad.  

A diferencia de Andrea, la protagonista de la novela, yo no lo viví expectante, sino más bien nerviosa y asustada por la incertidumbre y el cambio de ciudad, casa, trabajo, puesto, compañeros, con la única compañía de un amigo que me cedió su piso hasta que encontrara algo.

De Aribau a Balmes

Tras salir en taxi de la Estación Sants, no de Francia como en la novela, Barcelona adquirió un tono más oscuro del que esperaba, mucho menos  iluminada que Madrid y extremadamente fría fruto quizás de mis nervios y esa humedad paralizante.

Al igual que Andrea también arrastré exhausta mi pasado y pertenencias hacia mi nuevo hogar. «Mi equipaje era un maletón muy pesado –porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación», explica el personaje.

Mientras Andrea llega a la calle Aribau a la casa de su familia paterna, yo me dirigí a Balmes, en L’Example, a un segundo piso de grandes techos, que en realidad era un cuarto. Me esperaba mi compañero de Facultad, recién llegado de su productora y con el que apenas coincidí por la incompatibilidad de horarios.

Aquella fue mi primera noche. Para la protagonista, le esperaba «una única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telerañas, que colgaba del techo». En mi caso, una cama de 90 cm y una especie de barrotes para colgar mis enseres en una habitación sobria y amplia, que iba a agudizar la sensación de vacío que tantas veces repitió Laforet en Nada.

Al día siguiente, me llegó abruptamente la nueva realidad. Mientras él dormía, fui a ducharme y encontré un chorro minúsculo y gélido que casi me hizo llorar. Me sequé y fui a preparar café con el agua del grifo, que no pude beber. El agua, tan necesaria, no se podía ingerir.

Aceptación de la vida

La ciudad se me hizo hostil desde el principio. Ahora que se cumplen cien años del nacimiento de Carmen Laforet, creo que a la autora, esa misma ciudad, también le resultó igualmente fría e incómoda como si no acompañara a la protagonista, ni la protegiera y fuera otro motivo adicional de lucha.  De hecho, me cuesta sentir los días de lluvia como una purificación, como algunos críticos señalan, sino más bien como un mal menor dentro de todos los tormentos que tiene que padecer Andrea con sus familiares y amigos.

Igual que asume la loca historia de sus tíos paternos, Angustias, Román y Juan, y de su abuela, acepta también las gotas desapacibles que la mojan y, sin rechistar, normaliza la distancia de su mejor amiga Ena y la cobardía de su pretendiente. Tanta expectación, para Nada, podría resumirse. Pero aunque ella no lo sepa, le quedará mucho. Como también me quedó a mí.

La estancia de Andrea en aquella Barcelona de posguerra, sucia y miserable se prolongara durante un año. La mía, no llegara a nueve meses. Sin embargo, cuando vuelvo a Barcelona, la siento en lo más profundo de mi ser, quizás por haber sufrido con ella, en sus calles y dejarme abrazar por sus edificios y sus gentes anónimas. Al igual que Andrea, el cobijo del Barrio Gótico, del Borne, de la Barceloneta o del Barrio de Gracia siento, que al final, me arropa.   

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#Semblaza: Jane Austen en el #8M

Lola Fernández.- Ahora que se acerca el #8M, quiero reivindicar la figura de #JaneAusten como precursora de los derechos de la mujer. A pesar de que muchos ilustrados no han leído ningún libro de ella, tengo que decir que admiro a esta escritora de finales del siglo XVIII y principios del XIX por encima de otros célebres coetáneos suyos. Quizás sea porque en una época de hombres, donde una mujer soltera representaba lo peor de la escala social, ella supo encontrar su sitio. Quizás por su alto grado de ironía y gran capacidad para reírse de sí misma.

Lejos de la imagen sensiblera que ha llegado a nuestro tiempo, el perfil de esta británica universal responde más al de una revolucionaria que al de una adicta a las relaciones matrimoniales. Ni tan casamentera como transcendió en varias películas adaptadas, ni tan perversa o doppelgänger como los alter ego de sus propios héroes y heroínas. Si Austen destacó por algo fue por su autenticidad.

Frente al amor desesperado y suicida de Byron o Shelley, ella prefirió la armonía. Austen nació el 16 de diciembre de 1775 y murió el 18 de julio de 1817, casi al mismo tiempo que nacía el Frankenstein de Mary Shelley. Perteneció a una clase social a punto de desaparecer, la llamada pseudo-gentry, una especie de aristocracia rural, emparentada con la nobleza, cuyas costumbres se acercaban más a la inminente burguesía.

Tiempos de Revoluciones

Históricamente convivió con la Revolución Francesa y Napoleón, así como la Revolución Industrial, pero a parte de algunas pinceladas que aparecen en sus novelas, su obra no destacó por ser referente de grandes epopeyas o personajes históricos. Su tema fue más bien la intrahistoria. La vida de una madre, un hermano, una amiga, un vecino, con sus problemas, tareas cotidianas, buscando el sentido de sí mismos y haciéndose la misma pregunta que asola al ser humano desde tiempos inmemorables. Podremos algún día entendernos? ¿Dónde está Mr Darcy? ¿Dónde Mss Bennet? Ella jamás encontró al suyo.

Murió soltera a los 41 años a pesar de haber tenido dos proposiciones matrimoniales que al parecer rechazó o no le convencieron lo suficiente. Dicen que un episodio de amor truncado por el fallecimiento repentino de su pretendiente le afectó considerablemente hasta renunciar por completo al amor. Posteriormente, una enfermedad -se cree del riñón- la dejó agotada, con apenas fuerzas para acabar Persuasión, su última obra y la que mejor refleja ese sentimiento de aceptación del devenir.

Fue Cassandra, su hermana mayor y también soltera, quien la cuidó en sus últimos días. Con ella compartiría a través del género epistolar muchas de sus confidencias, que «Cas» como así la llamaba su querida Jane, decidió quemar en su mayoría tras el fallecimiento de Austen. Dejó sólo un centenar que hoy pueden leerse en la edición española de Época Editorial.

Del siglo XIX al XXI no sólo han transcurrido dos siglos sino un cambio radical en la forma de relacionarnos. Si bien el tiempo que Austen vivió era complejo para las relaciones sentimentales, dadas las limitadas comunicaciones, el protocolo social y los formalismos, hoy el apego a lo inmediato y el individualismo tampoco lo hacen sencillo.

Está claro que socialmente existía entonces una mayor desventaja para la mujer. Sin posibilidad de trabajar, salvo de ama de llaves, profesora o institutriz, al género femenino en ése tiempo no le quedaba otra alternativa que casarse o quedar expuesta a la pobreza.

A Austen eso le amargaba. Nunca quiso contraer matrimonio por conveniencia, así que perpetró una estrategia para obtener ingresos y ganarse la vida con lo que mejor sabía hacer: escribir. A pesar de ello, la publicación de sus primeros libros no le sirvió para vivir. Vendió su primera obra Northanger Abbey por sólo sólo 10 libras y tuvo que aceptar la generosidad de su hermano para retirarse a Chawton con su madre, hermana y cuñada. Posteriormente, los ingresos de sus siguientes obras fueron subiendo al tiempo que su propia proyección literaria hasta el punto que su novela Emma tuvo que dedicarla al entonces Príncipe Regente, George IV.

Jane Austen quedará para la posterioridad como la precursora de nosotros mismos. Mujeres y hombres independientes que no queremos que otros asuman el rol de mecenas.

Extracto de la Introducción de El amor en Tiempos de Tinder

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#Semblaza: Pandemias en tiempos de Brontës

Lola Fernández.- Aprovecho la actual #pandemia para analizar aquí la influencia que la enfermedad y la salud ha tenido a lo largo de la historia en la vida y obra de los autores, más concretamente en una de las familias más prolíficas que nos ha dado la literatura nunca: Las hermanas Brontë. Desde su más tierna infancia, Charlotte, Emily y Anne Brontë tuvieron que soportar la tristeza, dolor y melancolía de la gran pérdida de sus seres queridos tras intentar sanarles en el hogar.

Su drama comienza el 15 de septiembre de 1821 con el fallecimiento de la madre por un cáncer uterino o una sepsis pélvica tras dar a luz a la benjamina Anne. Su pérdida trastoca la rutina familiar y será su viudo, Patrick Brönte, quien solicite ayuda a su hermana para hacerse cargo de los más pequeños, mientras interna a sus dos hijas mayores, Mary y Elizabeth, con 11 y 10 años, en la lúgubre e infectada Cowan Bridge. Este lugar servirá de inspiración años después para recrear el insalubre centro de Lowood de Jane Eyre.

Allí las dos hermanas se contagian y tras una dura convalecencia por tuberculosis, tampoco consiguen sobrevivir. A partir de entonces, el resto de las niñas se quedan a estudiar en casa bajo la supervisión de su padre. Gracias a los mundos fantásticos que las tres escriben conjuntamente con su hermano, consiguen calmar su dolor al tiempo que adquieren experiencia para las novelas que vendrán después.

Mortales gripes

Entre 1803 y 1831 suceden en Gran Bretaña una serie de epidemias de gripe que causan muchas más muertes de gente de clase media que la letalidad ocasionada por el tifus en los más pobres. Esta serie de gripes mortales afecta más a los enfermos de mayor edad, quienes padecen asma o tuberculosis.

No existe diferencia de mortalidad entre hombres y mujeres, ni tampoco entre pueblos o ciudades, pero sí por zonas. La gripe de 1933 se ceba especialmente con York y Leeds, a tan sólo 24 millas de Haworth, el pueblo donde la familia Brontë se instala en 1920. La siguiente gran gripe que se inicia en Londres en noviembre de 1947 también se extiende por todo el país, originando la muerte y el empobrecimiento allá por donde pasaba.

En ese año, el único varón de los hermanos, Branwell, empieza a enfermar y después de una agonía sin precedentes expira en septiembre de 1848 tras dejarle de funcionar el riñón por lo que al principio parece una gastritis crónica. El diagnóstico del médico, sin embargo, será “bronquitis crónica”. Se sospecha también que la epilepsia sufrida durante su infancia podría haber empeorado por la adicción al alcohol, láudano y opio, provocándole la muerte.

Poco después, en diciembre de ese mismo año, y tras atender a su querido hermano a la rebelde Emily, autora de Cumbres Borrascosas, le aqueja una grave gripe que reactiva una latente infección tuberculosa. Oculta su malestar a su familia para evitar preocuparles y únicamente el mismo día de su fallecimiento consiente en ser asistida por un médico, que ya nada puede hacer por salvarla. Será Anne, su pequeña hermana, su inseparable compañera de juegos quien peor lo pase y velé a su enferma hermana durante sus últimas horas, contagiándose al mismo tiempo y soportando el mismo fatal destino el 28 de mayo de 1849.

La mayor de las tres hermanas Brontë, Charlotte Brontë, creadora de Jane Eyre y encargada de la difusión de la obra de sus hermanas tampoco tendrá mejor suerte. A finales de 1851, la superviviente de tan inmenso desastre familiar entra en una fuerte depresión al ser consciente de que sus más íntimas consejeras literarias, Emily y Anne, se han marchado para siempre de su lado, algo que el Doctor Ruddock trata de suavizar con mercurio, provocándole debilidad y vómitos.

Al poco tiempo, recobrara fuerzas para luchar por el legado literario de sus hermanas e inicia un noviazgo que acabará en boda. Después de su luna de miel con el Reverendo A. B. Nicholls, Charlotte Brontë se resfría tras andar con los pies mojados por el barro y en marzo de 1855 fallece por tisis. Sin embargo, los sirvientes y la propia Charlotte creerán que su estado se debe más a una Hyperemesis, una dolencia provocada por los fuertes vómitos del embarazo. Sea lo que fuere, se marchará habiendo contado a su íntima amiga y otra de las grandes escritoras victorianas, Elizabeth Gaskell, todas las vivencias de las tres hermanas.

Pese a que en su niñez, el reverendo Patrick padeció una grave inflamación de un pulmón y tuberculosis, terminará su vida con 84 años el 7 de junio de 1861, sobreviviendo a todos sus hijos.

Penurias

La obra de las Brontës está salpicada de todos estos episodios de pandemias y enfermedades. El personaje de Helen Burns, inspirado en la hermana mayor Mary, se convierte en la compañera fiel de Jane Eyre en el hospicio y en un ángel que iluminaría a la principal protagonista de la novela de Charlotte Brontë. El débil marido depravado, adicto y enfermo, de La inquilina de Wildfell Hall de Anne Brontë, sin duda, resulta tan real gracias a las frecuentes salidas de tono que tendría su hermano Branwell provocadas por su enfermedad y adicción. La desesperación de Heathcliff ante la muerte de Caroline por enfermedad refleja los sentimientos airados y enloquecidos que debió albergar Emily ante el fallecimiento de su querido hermano.

Al igual que ocurre ahora con la Covid-19, las pandemias impactaron de forma abrupta en la economía de las familias de clase media, como era el caso de las Brontës, cuyo padre cobraba un salario de 200 libras anuales. Sin embargo, ese dinero todavía era insuficiente para mantener a todos sus hijos, de tal forma que Charlotte y Anne tuvieron que salir de la casa para dedicarse a enseñar, la primera en una escuela y la segunda en dos hogares como institutriz, cuyo salario podía rondar las 50 libras al año, aunque había quien únicamente ganaba 20 libras al año. La necesidad de ganarse el sustento se refleja especialmente en “Annes Grey” que vive como institutriz, pero también en “Jane Eyre” que marcha a Thornfield Hall con el mismo propósito.

En aquellos años, la única manera digna de ganarse la vida para la mujer cultivada era ser profesora o institutriz. Pero su anhelo por salir de ese círculo y convertirse en escritoras insignes, con derecho propio en la posteridad, provocó que se sobrepusieran a sus enfermedades y crearan algunas de las obras más bellas de la literatura. Seguramente, y provocado por esos débiles pulmones, estas grandes escritoras tampoco tuvieran fuerzas para realizar otra cosa que no fuera escribir o leer. Ambas situaciones -la lucha por autoabastecerse junto con las penurias y los desprecios sufridos al ejercer su actividad profesional- contribuyeron a crear una realidad y una sensibilidad en sus novelas nunca descrita antes por mujeres.